
“No dejes de escribir”. No tiene sentido. Aunque estoy muy cansada, puedo seguir pensando. La mente... esa nunca se cansa, es inagotable, infinita. La imperfecta máquina que nunca para y descansa. Pero no tengo nada importante que decir. Sólo son ideas sueltas, una mezcla de frases sin sentido que tengo que unir, aunque de alguna manera y forma compleja, para llegar a un fin común y coherente. Buscando la historia perfecta. Un principio, un nudo que embriague y te ate y te una al libro de una manera impensable e inexplicable. Y un final... el final temido de una historia que no quieres que acabe jamás. Mientras esté el personaje vivo no puede haber un final. ¿Los finales matan a los personajes o a las personas? ¿Dejan de existir por ser un personaje? ¿Dejan de existir por darse por acabada una historia? Si la historia es inventada todo sirve, todo es válido. Si la historia es tu historia, el libro lo terminas cuando tú lo decides o cuando te llega tu hora. En ese último momento coincide que el papel se está acabando y al lápiz apenas le queda punta. Pero, ¿qué sucedería si tuvieras un sacapuntas al lado y una caja de lapiceros sin empezar y papel de sobra?.
Relato publicado en Groenlandia Doce
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