
La tenue luz del atardecer prolongaba las sombras de los árboles hasta una gran distancia. El templado aire mecía las hojas de los árboles, haciendo una combinación perfecta con la luz vespertina.
A lo lejos se podían observar las imponentes montañas cubiertas de hielo. Parecían titanes vigilando aquel extenso y viejo valle. Todo estaba en armonía, excepto por una densa humareda que surgía en la parte norte del valle, era tan densa y espesa que se podía observar casi desde cualquier parte.
Lejos de ese lugar, a un día de distancia, un joven observaba el humo desde lo alto de una colina. Sus ojos se esforzaban demasiado y una mueca de desesperación se reflejaba en su rostro. Así paso la tarde observando silenciosamente, aunque de vez en cuando se levantaba furioso y arrojaba una piedra hacia el vacío.
Pero al momento una extraña sonrisa se asomaba en sus perfectos labios. Paso el tiempo. Las tinieblas de la noche estaban a punto de caer sobre el valle. Con la agilidad de un ciervo, bajó rápidamente hacia un claro en donde había un hermoso lago. Se detuvo a observar el reflejo que estaba en el agua: joven, de veinte años,( aunque no estaba muy seguro de eso), alto delgado, frente ancha y ojos curiosos, piel blanca, pelo negro. Aunque no alcanzaba a ver todo su cuerpo se imagino a si mismo: musculoso de piernas fuertes y largas, brazos que podían partir un tronco. En fin, tenia con que defenderse. ¿Por qué no podía ir? Era algo que le inquietaba.
Relato publicado en Groenlandia Doce
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