¡Mierda, maldita sea!
Se dijo a sí mismo cuando la oscuridad no lo dejaba ver ni tan siquiera las palmas de sus manos, seguido de un silencio que fue creciendo con el paso del tiempo hasta volverse eternidad.
Drago iba a tientas por la habitación, un escalofrío recorrió cada rincón de su ser. Con los ojos abiertos, atento en todo momento.
Sintió una leve brisa por la espalda, rozando levemente su oído.
Sintió una leve brisa por la espalda, rozando levemente su oído.
Sintió miedo, debía ir en busca del puñetero candelabro. Tropezando en varias ocasiones con los muebles que encontraba a su paso, hasta que algo le atenazó las articulaciones de la mano derecha retorciendo su brazo en una mueca llena de dolor.
Algo puntiagudo hirió sus dedos, parecía un cuchillo. Lo cogió, sangrando, manchando el suelo.
Un crujir lento y macabro rechinó por la habitación, el siguiente ruido, Drago estaba seguro de que no fueran sus propios pasos.
Drago buscó en el interior de su mente lleno de alucinaciones de demonios y fantasmas, de ese miedo estúpido a lo desconocido.
Drago buscó en el interior de su mente lleno de alucinaciones de demonios y fantasmas, de ese miedo estúpido a lo desconocido.
Ese miedo irracional marcando las palpitaciones de su corazón cada vez más rápido, casi sin control.
Con las piernas engarrotadas en su letargo exquisito producido por la inercia de sus pensamientos.
Un cierto alivio le descomprimió el corazón cuando supo que ya estaba a una distancia prudente de la despensa de la cocina, al alcance de los cerillos para alumbrar la inusual oscuridad.
Drago hablaba consigo mismo alzando la voz. Quizás para dejar de pensar en esas ideas que rondaban sus propios miedos. Cuando de pronto las cerillas se cayeron a sus pies lanzados por esa misma brisa que le pareció sentir al principio, seguidos de una risa burlona diluyéndose en el silencio.
Drago dio media vuelta y volvió a gritar:
¿Quién anda ahí? ¡Sal de ahí maldito, si eres tan hombre! ¡Carajo!
No te tengo miedo. Sin embargo le temblaban las rodillas. Al mismo tiempo que trataba de encender la vela. Estaba nervioso, partiendo las cerillas, en su intento por alumbrar la estancia y saber quién lo acechaba en esos momentos.
Frente a frente, ambos se verían las caras. ¿Lo mataría? Sin lugar a dudas, lo haría.
Necesitaba armarse de valor, mucho valor. Porque el miedo paraliza.
Necesitaba armarse de valor, mucho valor. Porque el miedo paraliza.
¡Así es! ¡Ya está! Hasta que por fin encendió el candelabro. Pudo percatarse de que había tirado más de un cacharro, desbaratando el orden.
Algo extraño había sucedido, llamando su atención, las sillas y la mesita de noche, no se encontraban desordenados, sino más bien en otros lugares que no correspondían, no eran habituales. Casi se había rebanado el dedo con el cuchillo cuando se disponía a buscar el candelabro que ya tenía en su poder. Cobarde, pero no tonto.
Drago Pudo notar esa misma risa burlona al afinar sus oídos, identificando otro sonido extraño, como si un grifo estuviese goteando abriendo la puerta del cuarto de baño de par en par ante su petrificada humanidad.
Dudó unos instantes y hasta quiso salir corriendo, pero otra sombra reflectada por la luz de la vela atravesó las escaleras, dándole a entender a Drago que allí había más de uno, dos o tres sombras que lo rondaban.
Drago estaba totalmente descontrolado a punto de romper en llanto. Miró a su alrededor, a todos lados. Pero nada. Más risas escurriéndose ante su impotencia. Observó con detenimiento el lavabo rebosando agua, una sombra macabra proyectándose en el agua.
El miedo lo petrifico, tal cual lo había meditado. Cada músculo, articulación, engarrotados por completo, con los sentidos puestos en su máxima expresión.
Drago quería moverse, sin embargo, su brazo no reaccionaba, sin poder torcer el cuello a ver quién era, divisar su semblante, mientras el susurro se hacía más intenso. Sintió algo frío deslizarse por su espalda, un abrazo que le revolvió el estómago, una punzada.
Drago daba golpes ciegos rasgando la nada, con los dientes apretados, bien apretados y una inusitada fuerza, aferrándose a él frenéticamente impidiendo su huida del lugar.
¡Suéltame maldita sea! ¡Suéltame de una puta vez! Gritaba como loco.
Drago tropezó al salir del baño dándose de pleno con la puerta, en la cabeza, estaba aturdido.
Por un instante Drago comprendió todo, cómo pequeñas luces brillantes, un total de imágenes sesgadas: la luz apagada, los muebles desordenados, el cuchillo, el agua derramada, la sangre, aquella extraña mujer, las sombras. Su propia locura y esos fantasmas burlones le cegaban la razón. Respiró profundamente y analizó lo ocurrido.
Llegó. Miró de reojo el interior del pasillo, entró en la habitación, la observó de arriba abajo, salió fuera, miró hacia arriba, abajo, de pronto algo llamó su atención, algo que no era lógico, en la entrada del cuarto de baño había una mancha roja, se acercó para comprobar que era, la analizó, sí, era sangre, extendiéndose por el suelo. Un brazo de mujer asomaba inerte, se acercó con sumo cuidado y observó que la mujer tenía un corte profundo en la garganta, la cortina de baño estaba rasgada, llena de sangre. Drago se preguntaba
Llegó. Miró de reojo el interior del pasillo, entró en la habitación, la observó de arriba abajo, salió fuera, miró hacia arriba, abajo, de pronto algo llamó su atención, algo que no era lógico, en la entrada del cuarto de baño había una mancha roja, se acercó para comprobar que era, la analizó, sí, era sangre, extendiéndose por el suelo. Un brazo de mujer asomaba inerte, se acercó con sumo cuidado y observó que la mujer tenía un corte profundo en la garganta, la cortina de baño estaba rasgada, llena de sangre. Drago se preguntaba
¿Quién era esa mujer? Y ¿Qué hacía en su cuarto de baño? ¿Quién o qué había cometido semejante barbaridad?
Drago cerró los ojos y sintió como algo húmedo y espeso rodó por su mejilla. Luego el cuchillo cayó al suelo, casi por inercia. Volvió a abrir los ojos. No, no era un sueño: el cuerpo seguía allí, sin moverse.
Esa mujer estaba muerta.


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