Hacía
años, quizá siglos, que aquel que le infundiera el primer aliento
había muerto nadie le devolvió el hálito vital con el que él
mismo había dotado a aquella bestia.
Su
amo, pues eso, eso es lo que era desde el primer momento en que sus
ojos le vieron mirándole de manera inquisitiva.
Una
brisa humeante, un horizonte desalentador. Incomodidad en los
caminos. Los
ecos de tiempos remotos resuenan en cada lugar.
Aquel
hombre implacable recitó unas palabras, la vejez de la sabiduría
cultivada durante toda una vida se manifestaba en versos añejos.
Mientras
una lágrima furtiva surcó su mejilla, la bestia trató de olvidar
sus recuerdos.
Su
arrogante temeridad se había calmado, permitiendo darse cuenta de
los errores que había cometido y los oscuros crímenes que había
llevado a cabo a lo largo de los años
Su
amo no era consciente del daño que había otorgado a aquella alma en
pena, negada de la muerte y el descanso eterno, lejos de aquella
muralla que su cuerpo mismo constituía. Encerrado entre los muros de
su propia carne.
Sin
nadie que le pudiera dar muerte y, con esa voluntad sumisa y
complaciente, se había vuelto errático y vagaba sin rumbo por las
colinas durmientes, hermanas de sangre imperturbables, pero exentas
de sentir por ser conocedor de algo más que la simple dureza de su
propio físico o de la composición mineral de sus arterias.
Su
sufrimiento se veía unido a la impotencia de no poder gritar
siquiera pidiendo auxilio a algún ser caritativo que pudiese
encontrarse en las cercanías, pues si algo se conoce es la
imposibilidad de articular palabra o de emitir el más mínimo
sonido gutural.
Así
pasó entonces gran parte de su vida. Tantas horas eran las que
pasaba consigo mismo y sus pensamientos, su carácter sumiso se
comenzó a difuminar en las brumas de grandes elocuciones mentales
que le llevaban a ser una bestia con la iniciativa e independencia
suficientes como para comprender muchas de las verdades que le
rodeaban.
Todo
transcurría muy despacio, el día daba paso a la noche y la
oscuridad daba la bienvenida a la luz de la mañana con una rutina
que le desgastaba el ánimo.
Decidió
dejarlo todo atrás pensando que si seguía caminando el suficiente
tiempo encontraría a alguien que le ayudara a escapar de aquella
agonía.
Un
escalofrío le erizó los pelillos y se volvió a tiempo para emitir
un gruñido que se ahogó en su garganta mientras caía de espaldas,
mostraba
profundas ojeras sobre su azulada tez, adornada por desdeñosos
cabellos de color oscuro.
Miró
con tristeza a su amo y le instó con la mano a que se detuviese,
entonces advirtió las palabras de su frente y comprendió quién o
qué era aquel ser.
Entonces
el amo habló y le pidió paciencia y calma, pues no estaba
convenientemente instruido en aquel espinoso campo.
Durante
tres días la bestia no supo nada de su amo. Entonces volvió, con
una sonrisa amplia y una mirada alegre, como la de un niño que
adivina un acertijo o aprende algo que daba por imposible.
Se
acercó cariñosamente a la bestia y lo abrazó. Su salvador ahora
sabía como dejar en libertad aquella alma presa.
El
amo se acercó al bicho y con suma delicadeza le pidió que se
arrodillara para tener su cabeza a la altura precisa. En ese
instante una fugaz mirada de alivio se desató en los ojos de aquel
ser y al instante después la vida se esfumó provocando su desplome
inmediato sobre el suelo.
El
alma de la bestia fue al fin liberada y los secretos que escondía
su existencia borrados para evitar las abominaciones que el hombre a
veces crea en su pretensión de verse a la altura de un Dios en el
que en muchas ocasiones ni si quiera cree.
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