domingo, 5 de agosto de 2018

CORAZÓN DE PIEDRA



Hacía años, quizá siglos, que aquel que le infundiera el primer aliento había muerto nadie le devolvió el hálito vital con el que él mismo había dotado a aquella bestia.

Su amo, pues eso, eso es lo que era desde el primer momento en que sus ojos le vieron mirándole de manera inquisitiva.

Una brisa humeante, un horizonte desalentador. Incomodidad en los caminos. Los ecos de tiempos remotos resuenan en cada lugar.

Aquel hombre implacable recitó unas palabras, la vejez de la sabiduría cultivada durante toda una vida se manifestaba en versos añejos.

Mientras una lágrima furtiva surcó su mejilla, la bestia trató de olvidar sus recuerdos.

Su arrogante temeridad se había calmado, permitiendo darse cuenta de los errores que había cometido y los oscuros crímenes que había llevado a cabo a lo largo de los años

Su amo no era consciente del daño que había otorgado a aquella alma en pena, negada de la muerte y el descanso eterno, lejos de aquella muralla que su cuerpo mismo constituía. Encerrado entre los muros de su propia carne.

Sin nadie que le pudiera dar muerte y, con esa voluntad sumisa y complaciente, se había vuelto errático y vagaba sin rumbo por las colinas durmientes, hermanas de sangre imperturbables, pero exentas de sentir por ser conocedor de algo más que la simple dureza de su propio físico o de la composición mineral de sus arterias.

Su sufrimiento se veía unido a la impotencia de no poder gritar siquiera pidiendo auxilio a algún ser caritativo que pudiese encontrarse en las cercanías, pues si algo se conoce es la imposibilidad de articular palabra o de emitir el más mínimo sonido gutural.

Así pasó entonces gran parte de su vida. Tantas horas eran las que pasaba consigo mismo y sus pensamientos, su carácter sumiso se comenzó a difuminar en las brumas de grandes elocuciones mentales que le llevaban a ser una bestia con la iniciativa e independencia suficientes como para comprender muchas de las verdades que le rodeaban.

Todo transcurría muy despacio, el día daba paso a la noche y la oscuridad daba la bienvenida a la luz de la mañana con una rutina que le desgastaba el ánimo.

Decidió dejarlo todo atrás pensando que si seguía caminando el suficiente tiempo encontraría a alguien que le ayudara a escapar de aquella agonía.

Un escalofrío le erizó los pelillos y se volvió a tiempo para emitir un gruñido que se ahogó en su garganta mientras caía de espaldas, mostraba profundas ojeras sobre su azulada tez, adornada por desdeñosos cabellos de color oscuro.

Miró con tristeza a su amo y le instó con la mano a que se detuviese, entonces advirtió las palabras de su frente y comprendió quién o qué era aquel ser.

Entonces el amo habló y le pidió paciencia y calma, pues no estaba convenientemente instruido en aquel espinoso campo.

Durante tres días la bestia no supo nada de su amo. Entonces volvió, con una sonrisa amplia y una mirada alegre, como la de un niño que adivina un acertijo o aprende algo que daba por imposible.

Se acercó cariñosamente a la bestia y lo abrazó. Su salvador ahora sabía como dejar en libertad aquella alma presa.

El amo se acercó al bicho y con suma delicadeza le pidió que se arrodillara para tener su cabeza a la altura precisa. En ese instante una fugaz mirada de alivio se desató en los ojos de aquel ser y al instante después la vida se esfumó provocando su desplome inmediato sobre el suelo.

El alma de la bestia fue al fin liberada y los secretos que escondía su existencia borrados para evitar las abominaciones que el hombre a veces crea en su pretensión de verse a la altura de un Dios en el que en muchas ocasiones ni si quiera cree. 


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