Las
estrellas cantaban tan alejadas como lo estaba su lengua de la
comprensión.
Aquella
lengua dulce, el sopor dado por las caricias del amor más puro. Son
en verdad las voces del cielo que conducen a las almas, cantan sus
historias en poesía cristalina.
Sólo
veía la luminiscencia de los astros enturbiados por aquél intenso
frío.
Una
cabalgata de almas en pena, sin perdón, que por sus
pecados en vida están condenados a vagar en la noche dando muerte a
quién los contemple.
Espolvoreando minúsculas gotas de rocío
fulgurante y cenizas plateadas hasta semejar la piel de una luna de
agosto.
Marchaba
callado, confiando en sus sentidos. Brillos y sombras
difusas, ecos de voces brotaban en cualquier dirección dónde él
se hallase, asaltándole a pocos pasos; vientos desorientados de
hielo invisible cuajaban en él sin inquietarse.
Y
llegó a mi, los lamentos envueltos en una música indefinible,
fueron posándose sobre mi corazón que caía de rodillas llorando.
A
medida que se alejaba más profundos eran los cantos que parecían
brotar de la mismísima tierra.
El
tiempo, un lugar donde incluso la propia noche nunca hubiera
despertado. Sobre el cielo, se comenzaron a ver algunos jirones de
oscuridad, pero aún pareciendo evidente que se tratase de nubes
nocturnas.
Sin
embargo siguieron adelante, lo que les distrajo por momentos de los
cantos que creyeron dejarlos atrás para siempre.
Un
silencio atravesaba sus carnes y corazones, un escalofrío que
brotaba desde sus propias venas.
Ninguno
pudo contar cuánto tiempo estuvieron perdidos en aquel dormir sin
sueño, sólo se dedicaron a escudriñar las zonas circundantes con
esperanza de divisar alguna explicación.
El
sol entregaba a la tierra sus primeros rayos, habían vuelto al mundo
de los vivos, dónde de nuevo comieron y bebieron para luego
descansar mientras la luz devolvía el calor a sus cuerpos.


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