jueves, 30 de agosto de 2018

LUNES 27/08/2018



Las estrellas cantaban tan alejadas como lo estaba su lengua de la comprensión.

Aquella lengua dulce, el sopor dado por las caricias del amor más puro. Son en verdad las voces del cielo que conducen a las almas, cantan sus historias en poesía cristalina.

Sólo veía la luminiscencia de los astros enturbiados por aquél intenso frío.

Una cabalgata de almas en pena, sin perdón,  que por sus pecados en vida están condenados a vagar en la noche dando muerte a quién los contemple. 

Espolvoreando minúsculas gotas de rocío fulgurante y cenizas plateadas hasta semejar la piel de una luna de agosto.

Marchaba callado, confiando en sus sentidos. Brillos y sombras difusas, ecos de voces brotaban en cualquier dirección dónde él se hallase, asaltándole a pocos pasos; vientos desorientados de hielo invisible cuajaban en él sin inquietarse.

Y llegó a mi, los lamentos envueltos en una música indefinible, fueron posándose sobre mi corazón que caía de rodillas llorando.

A medida que se alejaba más profundos eran los cantos que parecían brotar de la mismísima tierra.

El tiempo, un lugar donde incluso la propia noche nunca hubiera despertado. Sobre el cielo, se comenzaron a ver algunos jirones de oscuridad, pero aún pareciendo evidente que se tratase de nubes nocturnas.

Sin embargo siguieron adelante, lo que les distrajo por momentos de los cantos que creyeron dejarlos atrás para siempre.

Un silencio atravesaba sus carnes y corazones, un escalofrío que brotaba desde sus propias venas.

Ninguno pudo contar cuánto tiempo estuvieron perdidos en aquel dormir sin sueño, sólo se dedicaron a escudriñar las zonas circundantes con esperanza de divisar alguna explicación.

El sol entregaba a la tierra sus primeros rayos, habían vuelto al mundo de los vivos, dónde de nuevo comieron y bebieron para luego descansar mientras la luz devolvía el calor a sus cuerpos.




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