Ofir cogió un puñado de tierra y lo puso en su mano. Si mi espíritu
puede adentrarse en esta tierra, puede hacerlo en cualquier sitio.
Muchas veces, los problemas más complejos se resuelven con
las respuestas más sencillas: las que tenemos ante nuestros propios ojos.
Abandona tus pensamientos. Separa tu espíritu de tu cuerpo y
siente la tierra que nos rodea. Las rocas que hay bajo tu ser son las mismas
que hay bajo el mío. Sé consciente de que si puedes dar un paso, también puedes
dar el siguiente.
Ofir siguió sus propias instrucciones: su espíritu procedió
a unirse con unas enormes raíces, nunca había creído que estuviese predestinada
a poseer ese poder, ahora le habían llevado a conseguir esta extraordinaria
capacidad de unirse con la tierra.
Sus pensamientos se desplazaron, se concentró en cada
detalle, preguntándose si podía existir una respuesta sencilla escondida entre
interminables discusiones.
Ofir salvaría al mundo de la aniquilación. Estaba sentada
en un disco dorado suspendida en el aire. Se
encontraba flotando entre el mundo de los despiertos y el reino de los sueños,
pero sin estar anclada a ninguno de ellos.
Una horrible criatura llena de cicatrices había sido
corrompida por los Dioses, unos seres de poder insondable, hermanos de la
locura, encerrados en la tierra por los Titanes.
Ofir sintió la tierra tal y como era, como debía ser, sin la
influencia de los Dioses. Todo el dolor y la agonía que había experimentado,
los sentimientos que desgarraban el espíritu y constituían la completa
existencia.
Ofir contempló aterrorizada el final del ritual. Había
permitido que una porción de su esencia se perdiera. Un siniestro brillo negro
envolvió el disco, lo que supuso un sutil indicio sobre su verdadera
naturaleza.
En un sistema absolutamente imperfecto, el único fracaso es
negarse a ver la realidad.

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