lunes, 13 de febrero de 2017

Todos los días al caer la noche, paseaba por la ciudad. Buscaba aclarar su mente.

La resaca que sufría era indescriptible, no recordaba nada de lo sucedido la noche anterior pasadas las once.

¿Do…dónde… dónde estoy?

 Maeva movió la cabeza como pudo para mirar a su alrededor.

¿Qué ocurre?  

No se preocupe,  está a salvo.

El lugar es lo de menos, lo que realmente importa es lo que va a ocurrir ahora.

Eres muy afortunada, yo también soy muy afortunado. Sí, por haberle encontrado. La encontré en un tugurio de mala muerte, perdió el conocimiento.

La puerta, se abrió de golpe, una silueta  avanzó lentamente, Maeva observó la barra de metal que llevaba en la mano. No había tiempo de pensar.

Un hombre vestido con ropa elegante, chaqueta larga de color negro con cuatro botones, sobre su cabeza reposaba un sombrero adornado con una rosa blanca.

Maeva se tambaleaba como si algún tipo de droga recorriera su cuerpo, no identificaba quienes eran aquellos hombres, intentó relajarse.

Señorita Maeva. Es un placer para nosotros que se una a nuestra Organización.

¿Quién es usted? Preguntó ella

Todo a su tiempo señorita. Contestó él

Todo lo que ven sus ojos no es más que una fachada.

Antes de continuar, voy a enseñarle una serie de fotografías  para explicarle mejor en qué consiste su trabajo.

¿Cómo sabe usted que voy unirme a su organización?

Conocemos como trabaja.

Quédese tranquila, porque durante los primeros días estará bajo mi supervisión, y le ayudaré en todo lo que necesite.

 Todo lo que estaba descubriendo del proyecto parecía atrayente; tenía claro que había acertado de pleno. Sus conocimientos iban a ser potenciados con la ayuda de las herramientas necesarias.

La poca vergüenza de la que gozaba Maeva le había permitido conocer a una  cantidad de individuos importantes que realizaban trabajos sucios.

A Maeva le dolía la cabeza, no paraba de escuchar sonidos y voces, su preocupación fue en aumento.

El día estaba nublado, pero esto a ella le daba igual. Maeva sólo pensaba en cobrar la parte restante de su trabajo.

Todo había sido muy raro, su contacto, un hombre elegante que parecía cagar billetes, como ella decía, le había ofrecido una suma de dinero muy alta por el primer trabajo.

Una vez el recorrido de la bala hacia el objetivo el puntero dejaría de parpadear.

¡Ahora sí! gritó Maeva mientras apretaba el gatillo.

En menos de un segundo la presa cayó al suelo con la cabeza abierta. Maeva había concluido su trabajo.

Debía reunirse con  el señor elegante  para ser informada del segundo trabajo. Cuando llegó al café bar en el que habían quedado, se sentó junto a una de las cristaleras, se veía la calle ,  su conocido, se acercó a la mesa y se sentó, dejando a un lado el sombrero que llevaba.

Has hecho un gran trabajo señorita  Maeva, dijo este con una sonrisa a la par que le entregaba un sobre blanco con el dinero restante en su interior. Todo ha sido rápido y limpio, tal y como le pedimos.

Gracias, dijo ella.

Lo que has de hacer ahora es algo más complicado, así que le recomiendo que busques algo de ayuda.
El hombre sacó del bolsillo de la chaqueta  una hoja arrugada y se la entregó.
¿Qué es esto? preguntó Maeva.
Ahí tienes todos los datos del siguiente encargo. Ya sabes qué debes hacer. Esta vez se trata de alguien mucho más importante, la recompensa es mayor.

Cuando terminó de pronunciar las últimas palabras, el hombre, que iba ataviado con un elegante abrigo, se colocó con cuidado el sombrero para, despedirse de ella con una cordial inclinación,  y caminar hacia la puerta de salida.

En un descuido de ella, mientras intentaba acomodarse de mejor forma, soltó un leve puntapié fue lo suficientemente fuerte como para hacer que el florero que había sobre la mesita se cayera, delatando su posición.

¡MIERDA!

Tal vez guiada por sus instintos más primitivos, salió corriendo en dirección a la puerta de  salida del café.

Maeva agarró firmemente la empuñadura de la pistola, llevó el dedo índice al gatillo y contó con rapidez en su cabeza. Uno, dos… ¡tres!. Un estruendo resonó,  Maeva dejó caer el arma.

Unos pasos resonaron en  su espalda,  cuando se volvió, aquel hombre  se acercó hacia ella, mostrándose  de una forma que no había visto en su vida , el rostro  de aquel hombre estaba adornadas por unas profundas ojeras tan negruzcas como inquietantes.  Se movía a voluntad de una energía que probablemente no pudiera ser comprendida.

“No deberías llamar dominio aquello que se escapa a vuestra fuerza de voluntad”

El hombre estaba de pie ante ella, entonaba aquella música estridente, la agarró con un solo brazo y la levantó del suelo.

 ¡Perro desgraciado! ¡Suéltame!

Vas a pagar por todo el daño que has causado.

 Aquella figura lívida y helada  fue lo último que su mente dibujó antes de rendir cuentas a la locura.



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