Todos los días al caer la noche, paseaba
por la ciudad. Buscaba aclarar su mente.
La resaca que sufría era indescriptible,
no recordaba nada de lo sucedido la noche anterior pasadas las once.
¿Do…dónde… dónde estoy?
Maeva movió la cabeza como pudo para mirar a
su alrededor.
¿Qué ocurre?
No se preocupe, está a salvo.
El lugar es lo de menos, lo que
realmente importa es lo que va a ocurrir ahora.
Eres muy afortunada, yo también soy muy
afortunado. Sí, por haberle encontrado. La encontré en un tugurio de mala
muerte, perdió el conocimiento.
La puerta, se abrió de golpe, una
silueta avanzó lentamente, Maeva observó
la barra de metal que llevaba en la mano. No había tiempo de pensar.
Un hombre vestido con ropa elegante, chaqueta
larga de color negro con cuatro botones, sobre su cabeza reposaba un sombrero
adornado con una rosa blanca.
Maeva se tambaleaba como si algún tipo
de droga recorriera su cuerpo, no identificaba quienes eran aquellos hombres, intentó
relajarse.
Señorita Maeva. Es un placer para
nosotros que se una a nuestra Organización.
¿Quién es usted? Preguntó ella
Todo a su tiempo señorita. Contestó él
Todo lo que ven sus ojos no es más que
una fachada.
Antes de continuar, voy a enseñarle una
serie de fotografías para explicarle
mejor en qué consiste su trabajo.
¿Cómo sabe usted que voy unirme a su
organización?
Conocemos como trabaja.
Quédese tranquila, porque durante los
primeros días estará bajo mi supervisión, y le ayudaré en todo lo que necesite.
Todo
lo que estaba descubriendo del proyecto parecía atrayente; tenía claro que
había acertado de pleno. Sus conocimientos iban a ser potenciados con la ayuda
de las herramientas necesarias.
La poca vergüenza de la que gozaba Maeva
le había permitido conocer a una cantidad de individuos importantes que realizaban
trabajos sucios.
A Maeva le dolía la cabeza, no paraba de
escuchar sonidos y voces, su preocupación fue en aumento.
El día estaba nublado, pero esto a ella
le daba igual. Maeva sólo pensaba en cobrar la parte restante de su trabajo.
Todo había sido muy raro, su contacto,
un hombre elegante que parecía cagar billetes, como ella decía, le había
ofrecido una suma de dinero muy alta por el primer trabajo.
Una vez el recorrido de la bala hacia el
objetivo el puntero dejaría de parpadear.
¡Ahora sí! gritó Maeva mientras apretaba
el gatillo.
En menos de un segundo la presa cayó al
suelo con la cabeza abierta. Maeva había concluido su trabajo.
Debía reunirse con el señor elegante para ser informada del segundo trabajo. Cuando
llegó al café bar en el que habían quedado, se sentó junto a una de las
cristaleras, se veía la calle , su
conocido, se acercó a la mesa y se sentó, dejando a un lado el sombrero que
llevaba.
Has hecho un gran trabajo señorita Maeva, dijo este con una sonrisa a la par que
le entregaba un sobre blanco con el dinero restante en su interior. Todo ha sido
rápido y limpio, tal y como le pedimos.
Gracias, dijo ella.
Lo
que has de hacer ahora es algo más complicado, así que le recomiendo que
busques algo de ayuda.
El
hombre sacó del bolsillo de la chaqueta una hoja arrugada y se la entregó.
¿Qué
es esto? preguntó Maeva.
Ahí
tienes todos los datos del siguiente encargo. Ya sabes qué debes hacer. Esta
vez se trata de alguien mucho más importante, la recompensa es mayor.
Cuando terminó de pronunciar las últimas
palabras, el hombre, que iba ataviado con un elegante abrigo, se colocó con
cuidado el sombrero para, despedirse de ella con una cordial inclinación, y caminar hacia la puerta de salida.
En un descuido de ella, mientras
intentaba acomodarse de mejor forma, soltó un leve puntapié fue lo
suficientemente fuerte como para hacer que el florero que había sobre la mesita
se cayera, delatando su posición.
¡MIERDA!
Tal vez guiada por sus instintos más
primitivos, salió corriendo en dirección a la puerta de salida del café.
Maeva agarró firmemente la empuñadura de
la pistola, llevó el dedo índice al gatillo y contó con rapidez en su cabeza.
Uno, dos… ¡tres!. Un estruendo resonó, Maeva dejó caer el arma.
Unos pasos resonaron en su espalda, cuando se volvió, aquel hombre se acercó hacia ella, mostrándose
de una forma que no había visto en su vida , el rostro de aquel hombre estaba adornadas por
unas profundas ojeras tan negruzcas como inquietantes. Se movía a voluntad de una energía que
probablemente no pudiera ser comprendida.
“No deberías llamar dominio aquello que
se escapa a vuestra fuerza de voluntad”
El hombre estaba de pie ante ella, entonaba
aquella música estridente, la agarró con un solo brazo y la levantó del suelo.
¡Perro desgraciado! ¡Suéltame!
Vas a pagar por todo el daño que has
causado.
Aquella figura lívida y helada fue lo último que su mente dibujó antes de
rendir cuentas a la locura.

No hay comentarios:
Publicar un comentario