miércoles, 1 de febrero de 2017

MIEDO Y LOCURA

¿Por qué aquel desconocido la atacaba de esa forma?

Buscó en su memoria desesperada un motivo, un recuerdo vago que aclarase la situación, el tiempo se había detenido.

Ambos parecían estar ajenos al mundo, en un país desterrado.

Él en su propio mundo de horrores y pesadillas y ella viviendo la pesadilla que él había creado.

                                                                             


No quería pensar que su vida iba a terminar así



¿Dónde se escondía la lógica?

Sólo pedía un porqué, una justificación.

Algo que le explicase la razón de este fin que presentía cerca.

¿Qué sentiría en ese preciso instante en que la fuerza escapase de su cuerpo?

 Recordaría su corta vida y lo vería todo con claridad.

 ¿Y después?

 Siempre existía un después.

 Tal vez era la última noción de conciencia y luego... Vacío. 


Quizás sólo eran  animales demasiado inteligentes que aspiraban a que nada concluyese, crearon el concepto del alma para acallar sus mentes mientras la vida durase. La muerte sería el fin, absoluto y real. Pero no podía creerlo.

 Ella sentía algo más que su propio cuerpo. Algo muy suyo, lo único que le había pertenecido.

Miró los ojos de su atacante en un último intento de buscar respuestas. Quiso hablar, suplicar por su vida pero no logró articular palabra.


Sus ojos se fijaron en el brillo del cuchillo, él sujetaba en su mano izquierda. No podía dejar de mirarlo. El mango de madera, la hoja, el filo y la poca distancia que separaba la punta del cuchillo y su pecho.

Todo era inútil y lo sabía, la esperanza se infiltraba en su ánimo como un amargo licor.

El dolor que desde su pecho se extendía embotaba sus sentidos,  lo único que podía hacer era fijar sus ojos en el brillo plateado de la hoja que poco a poco se transformaba en el rojo color del infierno.

Miró el rostro de su agresor y preguntó: 

¿Por qué?

Él jamás llegó a contestar. Ella escuchó la detonación de un arma de fuego, a cámara lenta vio sus ojos enrojecidos volverse vidriosos, un instante infinito, sintió el horror y la desesperación. Ya era tarde.

Un último mandato de su mente enferma, reflejo de dolor y sangre. Él descubrió su propia muerte.

Los encontraron tirados en el suelo, juntos, la mano de él se hundía en el pecho de ella. Su cabeza destrozada por la bala que él mismo había disparado.

La sangre de ambos se mezclaban, inseparables, formando junto a los desagües de la calle un río tenebroso de miedo y locura.



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