¿Por qué
aquel desconocido la atacaba de esa forma?
Buscó en
su memoria desesperada un motivo, un recuerdo vago que aclarase la situación, el
tiempo se había detenido.
Ambos
parecían estar ajenos al mundo, en un país desterrado.
Él en su
propio mundo de horrores y pesadillas y ella viviendo la pesadilla que él había
creado.
No quería
pensar que su vida iba a terminar así
¿Dónde se escondía la lógica?
Sólo pedía
un porqué, una justificación.
Algo que le explicase la razón de este fin que presentía cerca.
Algo que le explicase la razón de este fin que presentía cerca.
¿Qué
sentiría en ese preciso instante en que la fuerza escapase de su cuerpo?
Recordaría su corta vida y lo vería todo con
claridad.
¿Y después?
Siempre existía un después.
Tal vez era la última noción de conciencia y
luego... Vacío.
Quizás
sólo eran animales demasiado
inteligentes que aspiraban a que nada concluyese, crearon el concepto del alma
para acallar sus mentes mientras la vida durase. La muerte sería el fin,
absoluto y real. Pero no podía creerlo.
Ella sentía algo más que su propio cuerpo.
Algo muy suyo, lo único que le había pertenecido.
Miró los
ojos de su atacante en un último intento de buscar respuestas. Quiso hablar,
suplicar por su vida pero no logró articular palabra.
Sus ojos
se fijaron en el brillo del cuchillo, él sujetaba en su mano izquierda. No
podía dejar de mirarlo. El mango de madera, la hoja, el filo y la poca
distancia que separaba la punta del cuchillo y su pecho.
El dolor
que desde su pecho se extendía embotaba sus sentidos, lo único que podía hacer era fijar sus ojos en
el brillo plateado de la hoja que poco a poco se transformaba en el rojo color
del infierno.
Miró el
rostro de su agresor y preguntó:
¿Por qué?
Él jamás
llegó a contestar. Ella escuchó la detonación de un arma de fuego, a cámara
lenta vio sus ojos enrojecidos volverse vidriosos, un instante infinito, sintió
el horror y la desesperación. Ya era tarde.
Un último
mandato de su mente enferma, reflejo de dolor y sangre. Él descubrió su propia
muerte.
Los
encontraron tirados en el suelo, juntos, la mano de él se hundía en el pecho de
ella. Su cabeza destrozada por la bala que él mismo había disparado.
La sangre
de ambos se mezclaban, inseparables, formando junto a los desagües de la calle
un río tenebroso de miedo y locura.



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