La oscuridad reinaba a sus anchas, gobernando en
silencio, a lo lejos el sonido de una cascada llegaba de forma nítida.
Todo estaba listo para que
diera comienzo la gran batalla.
Un pequeño haz de fuego se dibujó en el
horizonte. Primero lo hizo de forma
tímida y luego con fuerza.
Entre
sus manos únicamente las armas útiles para el enfrentamiento, la encarnizada
lucha causó estragos en la vegetación cercana, que empezó a arder de manera
descontrolada.
Mientras ella calculaba la distancia existente entre
ambos, buscando un punto crítico en la articulación del brazo de su oponente.
Había sido una auténtica imprudencia haber comenzado una
lucha abierta sin llevar una armadura especialmente forjada para ello, era
demasiado tarde para lamentar tal falta de sensatez. En un descuido de ella,
sentenciaría una muerte segura.
Este tipo de enfrentamientos llevaba una serie de reglas
muy cuidadas, en ningún caso, permitían arrebatar la vida del oponente. En caso
de acabar con la vida del otro sería expulsado de la región, sin volver a
combatir nunca más.
Quería capturar en su
retina aquel momento mágico que él había provocado y contemplar cómo lo
bello se fundía con lo siniestro.
¡Desátame, por favor!
Sacudía
su cuerpo con la intención de quitarse las ataduras.
¡Maldita sea! gritó enfurecida.
Un fuerte estruendo sonó de repente, cuando el asaltante que era más alto, vociferó,
se dirigió hacia su presa, ella se quedó
petrificada, él terminó de enzarzarse con el cuerpo de su víctima, moviéndose a gran velocidad.
Ella avanzaba desorientada, realizando un camino
serpenteante alrededor del cuerpo de su víctima, el fuego le empujaba, arañaba
y, en ocasiones, le susurraba palabras en una lengua desconocida que le hacía
gritar.
Aunque ella no fuese consciente, se hallaba en una
situación peligrosa. Los combatientes se desplazaban con rapidez.
¡Quieres acabar conmigo!
¡Quieres arrebatarme la cordura! Gritaba ella.
Cuando el fuego la alcanzó, su cuerpo emitió un destello deslumbrante,
lejos de verla consumida por las llamas, su cuerpo despojado de todo atavío, provocándole
un intenso deseo.
Una fuerte atracción
le empujaba, quería destruirla y no volver a verla, era su némesis.
El fuego la agarró con las dos manos y la lanzó con
fuerza, estampándola contra las rocas.
La angustia se adueñó de su cabeza, y su corazón comenzó a
latir con intensidad. Nadie respondía a sus palabras, tan solo el silencio
y la oscuridad permanecían a su lado.
Es mi fin… es el
fin, pensó.
¡Eh, tú! ¡Espera!, gritó ella.
Sacó energías de donde pudo y se enfrentó a él.
Discúlpame, pero no
puedo dejarte con vida, sabes que ese no es el trato, así no son las reglas, si
lo haces serás desterrada de aquí, no volverás a luchar, de nada te servirá,
si, si me servirá, acabar con…
¿Conmigo?
Aquí me tienes
¡Hazlo!
Ella se abalanzo
sobre él hiriéndole en la pierna, tenía un corte profundo en el muslo derecho, sangraba a borbotones,
aún así él se movía de forma rápida.
Escurridizo y
resbaladizo movimiento, esquivó de manera sorprendente un golpe que iba directo
a su estómago.
Sin embargo, su sonrisa y el placer que ella estaba
experimentando durarían poco.
El fuego la miró a los ojos y le gritó.
Si me matas morirá está pasión
¿De veras quieres eso?
¿De qué hablas?
Lo noto en tus
ojos, me deseas.
¿Eso crees?
El fuego usaba una estrategia que consistía en un excitante
encuentro de miradas hasta llegar a la confusión.
La sombra de la locura se había manifestado antes de
tiempo. Mientras él lanzaba golpes al
aire y exigía, que se alejara de él.
¡Vete de aquí!
Durante los
siguientes minutos se produjo un interesante intercambio de golpes, ella
sangraba, no perdía la fuerza y no se rendía, pese a las advertencias del fuego
de que se fuera de allí, decidida estaba a acabar con su vida de una forma u
otra, uno de ellos tenía que salir victorioso.
Entre sus efectos
más conocidos estaban la parálisis temporal del cuerpo.
¡Vete de aquí de una vez!
¡NO!
¡Maldito e hipnótico fuego!
Maldíceme todo lo que quieras, pero de mi no te vas a escapar.
Un cosquilleo
recorría su estómago momentos antes de experimentar una sorprendente
tranquilidad que estaba a punto de llevarla a un sueño profundo, temblaba, mientras, su cuerpo, se entumecía de manera
agradable.
El combate se prolongó más de una hora, y en
varias ocasiones hubo roces peligrosos en los que incluso uno de ellos estuvo a
punto de perder la vida.
No quería colmarse de gloria, ni siquiera fue el deseo de venganza lo
que le dio fuerzas para levantarse cada una de las veces que caía al suelo.
Fue la promesa que se hizo así misma la
que le llenaba de valor. Algo tan sencillo y complicado a la vez.
Ambos maldecían la hora de su enfrentamiento, juraban que las manos
sencillas que se acariciaban no llegarían a quemarse en la hoguera.

No hay comentarios:
Publicar un comentario