La noche golpeaba las ventanas de mi cuarto con una brutalidad tan
desproporcionada como lo hacia el viento.
En la mesita de noche
estaba el magnetofón mirándome fijamente, llamándome, a pesar de apartar
mi vista del magnetofón, la curiosidad
me pudo, no paraba de mirarlo, el dichoso aparato me tenía paralizada.
Miré mi temblorosa mano y descubrí que aún sostenía la
cinta, que temblaba al mismo ritmo que el resto de mi cuerpo. Con un largo paso
me puse en frente, introduje la cinta y el chasquido que produjo me recordó al
sonido de un hueso al romperse. No tuve tiempo de pensar, presioné el botón, otro
sonido de huesos rotos.
¿Qué me sucede, por qué esos extraños pensamientos pasan por
mi mente?
Rápidamente dejé de
pensar para atender el sonido procedente del magnetofón. El sonido fue desapareciendo
poco a poco hasta convertirse en un susurro
lejano. Primero el ruido de mis pasos alejándose y después, nada.
Tras varias vueltas por la habitación sin saber qué hacer
con el maldito cacharro, cogí una linterna y me dispuse a bajar al trastero.
El trastero era cuadrado, sin luz, sin ventanas, y con un techo realmente alto. No había mucho
más que ver, salvo una destartalada estantería. Enseguida supe que ese era el
lugar adecuado para colocar el magnetofón. Lo dejé en el suelo.
Tropecé con un saco,
apunté con la linterna, me agaché y lo abrí, fue entonces cuando comencé
sacando todas mis rancias y absurdas motivaciones. Casi intangible por su
esencia irreal, todas fueron cayendo.
Continué arrojando todos mis recuerdos, se agolpaban y se
estrujaban dentro del saco. Enquistados sentimientos, como parásitos imposibles
de arrancar, retomaban por un instante los abismos del tiempo para volver al
seno de la tierra. Tantos recuerdos, parecían infinitos. Al final, el último de
ellos cayó, en un lugar mejor, allí quedarían todos. Sin excepción.
A los pocos minutos sentí un malestar indeterminado, iba
apoderándose de mi cuerpo. Sentía golpes, arañazos y un intenso calor. Tanto
cambio me inquietaba y a la vez me desconcertaba no alcanzaba a entender qué podía ser.
Lo único que podía aclarar el dilema era continuar
recordando.
La casualidad quiso que la
linterna se quedara apuntando a un agujero que había en la pared.
Me acerqué al agujero. Metí la mano observé
que era profundo, decidí no hacer cosas raras ya que no tenía ganas ni valor
para hacerlo.
En ese momento, una fuerza extraordinaria actuó. La sangre se me heló, una sensación de
frío intenso procedente de mi interior traspasó todos mis órganos, me retiré y
dando unos pasos atrás pisé sin querer el maldito magnetofón empezó a sonar en
el acto y de las entrañas del altavoz una voz entrecortada, suave y silbante
dijo: Si, ahí es donde escondieron mi
cadáver.

No hay comentarios:
Publicar un comentario