lunes, 2 de enero de 2017

EL MAGNETOFON


La noche golpeaba las ventanas de  mi cuarto con una brutalidad tan desproporcionada como lo hacia el viento.

En la mesita de noche  estaba el magnetofón mirándome fijamente, llamándome, a pesar de apartar mi vista del magnetofón,  la curiosidad me pudo, no paraba de mirarlo, el dichoso aparato me tenía paralizada.

Miré mi temblorosa mano y descubrí que aún sostenía la cinta, que temblaba al mismo ritmo que el resto de mi cuerpo. Con un largo paso me puse en frente, introduje la cinta y el chasquido que produjo me recordó al sonido de un hueso al romperse. No tuve tiempo de pensar, presioné el botón, otro sonido de huesos rotos.

¿Qué me sucede, por qué esos extraños pensamientos pasan por mi mente?

Rápidamente dejé  de pensar para atender el sonido procedente del magnetofón. El sonido fue desapareciendo  poco a poco hasta convertirse en un susurro lejano. Primero el ruido de mis pasos alejándose y después, nada. 

Tras varias vueltas por la habitación sin saber qué hacer con el maldito cacharro, cogí una linterna y me dispuse a bajar al trastero.

El trastero era cuadrado,  sin luz, sin ventanas,  y con un techo realmente alto. No había mucho más que ver, salvo una destartalada estantería. Enseguida supe que ese era el lugar adecuado para colocar el magnetofón. Lo dejé en el suelo.

Tropecé con un saco,  apunté con la linterna, me agaché y lo abrí, fue entonces cuando comencé sacando todas mis rancias y absurdas motivaciones. Casi intangible por su esencia irreal, todas fueron cayendo.

Continué arrojando todos mis recuerdos, se agolpaban y se estrujaban dentro del saco. Enquistados sentimientos, como parásitos imposibles de arrancar, retomaban por un instante los abismos del tiempo para volver al seno de la tierra. Tantos recuerdos, parecían infinitos. Al final, el último de ellos cayó, en un lugar mejor, allí quedarían todos. Sin excepción.

A los pocos minutos sentí un malestar indeterminado, iba apoderándose de mi cuerpo. Sentía golpes, arañazos y un intenso calor. Tanto cambio me inquietaba y a la vez me desconcertaba no alcanzaba a entender  qué podía ser.
Lo único que podía aclarar el dilema era continuar recordando.

La casualidad quiso que la linterna se quedara apuntando a un agujero que había en la pared.
Me acerqué al agujero. Metí la mano observé que era profundo, decidí no hacer cosas raras ya que no tenía ganas ni valor para hacerlo.


En ese momento, una fuerza extraordinaria  actuó. La sangre se me heló, una sensación de frío intenso procedente de mi interior traspasó todos mis órganos, me retiré y dando unos pasos atrás pisé sin querer el maldito magnetofón empezó a sonar en el acto y de las entrañas del altavoz una voz entrecortada, suave y silbante dijo: Si, ahí es donde escondieron mi cadáver.

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