Mi corazón está agotado despliega polvo cansado, en mi
habitación; los viejos cuadros rasgados de olvidos, me muestran la muerte de este
atardecer, dolor, miseria, gotas de
angustia y hambre.
Mi escritorio acoge los pelajes de mi esencia, metal y
vidrio, mi mesa impaciente de hambre
(grrrrrrrrrrrrruuuuuuuuuuuuuugggggggggggrrruuuuuu) las hojas que me acompañan, esta vela que no se ha encendido
desde que deje de escribir mis delirios.
Tengo hambre.
Mis sentidos, ya olvidados tras cada palabra de auxilio no
han conservado ni un sólo recuerdo, sólo sombras agotadas y vendidas, temo que
puedan ser más, pensamientos negros que esconden los más oscuros retratos de mi vida y
junto a eso revive la más antigua imagen de mi locura. Tengo hambre. Este
rugido me taladra los oídos.
Los días como siempre pasan sordos, hoy soy más vieja, hace
días que desapareció, algo extraño pasa, tanto miedo, me gustaría no ver a
nadie, desconectar mi vida y zambullirme en ese día dónde la alegría y la felicidad
se hacía eco de mi persona, estoy
cansada de machacarme los nudillos y maldecir
mi puta suerte.
Sentí la necesidad de salir, de perderme, de correr, de
dejar de pensar, pero mi cabecita
traviesa no paraba de emitir pensamientos ¡BASTA! TENGO HAMBRE.
Mi fuerzas flaqueaban, estaba cansada, me fui a dormir, no recuerdo cuanto tiempo, desperté y vi como pasaban los días,
nuevamente la nostalgia me hirió con su puñal y vi la mesa que había olvidado, la pluma más descolorida me saludaba, sentí el ensordecedor
palpitar de mi corazón y la necesidad de coger fuerte la pluma y dejar caer en el
papel mi impaciente vida.
Pude darme cuenta que
se había manchado de pequeñas partículas de polvo y aún conservaba algunos manchurrones
de tinta que había usado tiempo atrás, tiempo que ya no recuerdo.
Sentía impotencia,
con la mirada reescribí el regreso, pero tan sólo era el deseo, no regresaría la inspiración que ya
había perdido, mi estómago empezó a retorcerse ¡TENGO HAMBRE JODER! Me levanté y fui a la cocina, pero nada
llenaba este vacío. Mi barriga rugía descontrolada, bebí un vaso de agua y
continué. (grrrrrrrrrrrrruuuuuuuuuuuugggg)
Día tras día la mesa ya no se veía vacía, los que me habían olvidado
siempre buscaban el perdón, mis rugidos
iban disminuyendo, mi cuerpo iba recobrando su potencial.
Sombras y pereza, sorprendida y absorta en la
contemplación de todo aquello que podría volver a repetir, pero mi grandioso
aburrimiento no me lo permite, siempre lo mismo, siempre diferente, sin
cansarme jamás del juego idéntico, sin desdeñar tampoco lo que fuiste.


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