En algún lugar, dónde el hombre se regía por la espada, el
dominio de la magia y los encantamientos, dónde habitaban demonios, vagaban por tierras sin edad; se
llevó a cabo una de las más grandes batallas jamás libradas entre el hombre y el caos.
Espesa niebla y el cantar del viento anunciaba lluvia, a lo
lejos se divisaban las contorsiones de
nubes negras, amenazantes, rugiendo y liberando el poder del Señor de los Vendavales;
los árboles cedían ante aquel temporal.
Pero esto no parecía importarle a un grupo de jinetes;
cabalgaban a la par del viento, vestían gruesas capas negras que ocultaban las
armaduras y las espadas de metal, el sonido de los cascos de los caballos se
asemejaba más al fragor de los truenos, los caminos se abrían ante ellos con un
inexplicable temor, como si aquellos hombres montaran bestias traídas desde el
mismísimo infierno, caballos negros que se perdían en la noche.
Los troncos de los árboles dibujaban rostros sombríos
iluminados por los relámpagos, las ramas se unían al siniestro paisaje
susurrando lamentos y silbidos de angustia.
Las nubes negras dejaban caer su furia contra la tierra, y
esta se estremecía bajo el cantar del trueno y el grito del viento.
Aquella noche fue como ninguna, no había visto una tormenta
como aquella en mucho tiempo, era como si la ira de Dios se hubiese desatado. A
pesar de la tormenta, a lo lejos, se podía divisar una torre alta que desafiaba
a la lluvia, los caballos no parecían mostrar signos de cansancio a pesar de
haber avanzado sin detenerse.
Una muralla de roca, la
puerta de hierro, estaba cerrada y custodiada por arqueros, todos con arcos
negros y flechas negras con plumaje púrpura.
Dos guerreros vestidos con armaduras negras y espadas de
metal en la cintura ceñidas por un cinturón de cuero hecho por los artesanos,
el yelmo era negro presentaba el emblema de los dragones, aún bajo la lluvia el
filo de las espadas centelleaban a la luz de del fuego.
Enseguida reconocieron el sonido de los jinetes acercándose,
una voz potente irrumpió en el sonido de la lluvia. ¡Abrid las puertas! Las
puertas de hierro, con negras insignias puestas en ellas se abrieron al compás
del sonido de las cadenas, el momento estaba cada vez más cerca, los jinetes
entraron iluminado por la pálida luz de las antorchas.
El suelo temblaba al paso apresurado de los jinetes, los
guerreros reunidos ahí se agitaban y hablaban entre ellos, parecía una
interminable escalera al cielo, retando a los elementos, ahí, erguida contra el
viento.
Los jinetes desmontaron de sus caballos y estos en un rugido del viento se
transformaron en sombras negras que se perdieron en la noche.
En la entrada de la torre había algunas personas entre ellas un
hechicero de aspecto demacrado y sucio, la cara era delgada y llena de arrugas y
cicatrices, las ojeras pronunciadas y los ojos hundidos,
estaban llenos de una
maldad viciosa, expresaban amplia sabiduría, se movía de manera nerviosa mientras
una sonrisa malévola comenzaba a hacerse presente.
Uno de los jinetes llevaba una
mujer en brazos, se arrodilló y la puso a los pies de aquel hechicero.
Señor Catriel
aquí pongo a sus pies lo que me habéis pedido. Pido ahora que cumpláis con
vuestra parte del trato, ¡liberad a mis hombres de su hechizo!
Catriel soltó una malévola carcajada que resonó en
todos los rincones del pueblo, una horrible y gélida risa que pudo ser
suficiente como para helar el corazón de cualquiera.

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