sábado, 3 de diciembre de 2016

LOS JINETES DE LA ORDEN DEL CAOS

En algún lugar, dónde el hombre se regía por la espada, el dominio de la magia y los encantamientos, dónde habitaban  demonios, vagaban por tierras sin edad; se llevó a cabo una de las más grandes batallas jamás libradas entre el  hombre y el caos.


Espesa niebla y el cantar del viento anunciaba lluvia, a lo lejos se  divisaban las contorsiones de nubes negras, amenazantes, rugiendo y liberando el poder del Señor de los Vendavales; los árboles cedían ante aquel temporal.

Pero esto no parecía importarle a un grupo de jinetes; cabalgaban a la par del viento, vestían gruesas capas negras que ocultaban las armaduras y las espadas de metal, el sonido de los cascos de los caballos se asemejaba más al fragor de los truenos, los caminos se abrían ante ellos con un inexplicable temor, como si aquellos hombres montaran bestias traídas desde el mismísimo infierno, caballos negros que se perdían en la noche.

Los troncos de los árboles dibujaban rostros sombríos iluminados por los relámpagos, las ramas se unían al siniestro paisaje susurrando lamentos y silbidos de angustia.
Las nubes negras dejaban caer su furia contra la tierra, y esta se estremecía bajo el cantar del trueno y el grito del viento.

Aquella noche fue como ninguna, no había visto una tormenta como aquella en mucho tiempo, era como si la ira de Dios se hubiese desatado. A pesar de la tormenta, a lo lejos, se podía divisar una torre alta que desafiaba a la lluvia, los caballos no parecían mostrar signos de cansancio a pesar de haber avanzado sin detenerse.

Una muralla de roca, la puerta de hierro, estaba cerrada y custodiada por arqueros, todos con arcos negros y flechas negras con plumaje púrpura.

Dos guerreros vestidos con armaduras negras y espadas de metal en la cintura ceñidas por un cinturón de cuero hecho por los artesanos, el yelmo era negro presentaba el emblema de los dragones, aún bajo la lluvia el filo de las espadas centelleaban a la luz de del fuego.

Enseguida reconocieron el sonido de los jinetes acercándose, una voz potente irrumpió en el sonido de la lluvia. ¡Abrid las puertas! Las puertas de hierro, con negras insignias puestas en ellas se abrieron al compás del sonido de las cadenas, el momento estaba cada vez más cerca, los jinetes entraron iluminado por la pálida luz de las antorchas.



El suelo temblaba al paso apresurado de los jinetes, los guerreros reunidos ahí se agitaban y hablaban entre ellos, parecía una interminable escalera al cielo, retando a los elementos, ahí, erguida contra el viento.

Los jinetes desmontaron de sus  caballos y estos en un rugido del viento se transformaron en sombras negras que se perdieron en la noche.

En la entrada de la torre había algunas personas entre ellas un hechicero de aspecto demacrado y sucio, la cara era delgada y llena de arrugas y cicatrices, las ojeras pronunciadas  y los ojos hundidos, 
estaban llenos de una maldad viciosa, expresaban amplia sabiduría, se movía de manera nerviosa mientras una sonrisa malévola comenzaba a hacerse presente.

Uno de los jinetes llevaba una mujer en brazos, se arrodilló y la puso a los pies de aquel hechicero.

Señor Catriel aquí pongo a sus pies lo que me habéis pedido. Pido ahora que cumpláis con vuestra parte del trato, ¡liberad a mis hombres de su hechizo! 

Catriel  soltó una malévola carcajada que resonó en todos los rincones del pueblo, una horrible y gélida risa que pudo ser suficiente como para helar el corazón de cualquiera.


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