jueves, 14 de enero de 2016

PASOS

Caminaban en silencio, por las calles oscuras y  
mojadas, media noche.
Eran amigos, o eso pretendían. Pero ella hacía tiempo que había olvidado eso y ahora luchaba contra sus demonios internos.  Sólo el eco de sus pasos les acompañaban: un incesante golpe que parecía burlarse de ella. La noche, la oscuridad espesa y el blanco sucio de  la luna  contribuía a aumentar su malestar, a que la desazón de su interior creciera cada vez más a cada paso. Se sentía embriagada de esa melancolía que parecía flotar en el aire, emanar desde el suelo y ahogarla. Él, con las manos metidas en los bolsillos, continuaba a su lado, como una sombra. Ella vio las pequeñas nubes de condensación que formaba al respirar, y un escalofrío la obligó a cerrar los ojos. No era sólo por el frío. Quiso volverse, enterrarse en su pecho y convertirse en una estatua de hielo, en un único bloque que los mantuviera unidos para siempre en aquella maldita noche que parecía no acabar nunca. Quiso sentir el calor de su cuerpo a través de su chaqueta,   notar sus manos en su espalda, y sin decir nada, fundirse en un abrazo que durase para siempre y aún más tiempo, eterno e indestructible. Mirarle a los ojos, y mantener la mirada hasta que el infierno se congelara o la tierra se partiera en dos o viniera el mismo diablo a separarlos. Que las pulsaciones de sus corazones se fundieran en uno solo, marcando el ritmo de su caminar, resuena por las vacías calles con la misma fuerza que la de sus pasos. Convirtiéndose en el pulso del mundo.  Tengo frío... consiguió decir cuando por fin pudo deshacerse del nudo que ahogaba sus palabras. Y ambos apresuraron el paso.
 

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