Caminaban en silencio, por las calles oscuras y
mojadas, media noche.
Eran amigos, o eso pretendían. Pero ella hacía tiempo
que había olvidado eso y ahora luchaba contra sus demonios internos. Sólo el eco de sus pasos les acompañaban: un incesante golpe que
parecía burlarse de ella. La noche, la oscuridad espesa y el blanco sucio de
la luna contribuía a aumentar su malestar, a que la desazón de su interior
creciera cada vez más a cada paso. Se sentía embriagada de esa melancolía que
parecía flotar en el aire, emanar desde el suelo y ahogarla. Él, con las manos
metidas en los bolsillos, continuaba a su lado, como una sombra. Ella vio las
pequeñas nubes de condensación que formaba al respirar, y un escalofrío la
obligó a cerrar los ojos. No era sólo por el frío. Quiso volverse, enterrarse en
su pecho y convertirse en una estatua de hielo, en un único bloque que los
mantuviera unidos para siempre en aquella maldita noche que parecía no acabar
nunca. Quiso sentir el calor de su cuerpo a través de su chaqueta, notar
sus manos en su espalda, y sin decir nada, fundirse en un abrazo que durase
para siempre y aún más tiempo, eterno e indestructible. Mirarle a los ojos, y
mantener la mirada hasta que el infierno se congelara o la tierra se partiera en
dos o viniera el mismo diablo a separarlos. Que las pulsaciones de sus corazones
se fundieran en uno solo, marcando el ritmo de su caminar, resuena por las vacías
calles con la misma fuerza que la de sus pasos. Convirtiéndose en el pulso del
mundo. Tengo frío... consiguió decir cuando por fin pudo deshacerse del nudo
que ahogaba sus palabras. Y ambos apresuraron el
paso.
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