Compañera inseparable, camarada, traidora y consejera. Miedo como tú. Miedo como yo. Yo soy miedo. aparto el aire de mil centellas, para no verte y huir. Para convertirme y escabullirme desnuda entre la lluvia. Para pasar frío. Para no pasarlo. Para ser indiferente. Un instante.
Te
escribo, entre dos lunas rotas, entre los meses partidos y perdidos de su viaje,
esencia. Da igual que no me escribas. Yo sí lo haré. Vete con tu nombre manoseado. Con tus ramas de sueños, alimentadas de limones relucientes y
madrugadas acabadas. Miedo vete, miedo.
Una madrugada tan solo. Cuando bajas del coche y sabes
que otra noche has vuelto a equivocarte. El miedo que se hallan entre las gotas de los vasos de cristal a las cuatro de la mañana. Por pensar que mañana será otro día. Dilo,
sí. Pronúncialo con tus labios enteros y apagados. Miedo. Entre el vino, entre
tres puntos. Entre las manos temblorosas,
entre tú y yo. Entre dos almas, o tres. A no contar con nadie. A
contar contigo mismo. A contar contigo sólo. Por querer y no ser querido.
Por sincerarte y hallarte en un penal sin pena. A la soledad. Ahora que
la soledad está sola. A quedarme tumbada sobre una noble acera,
apoyando mis mejillas sobre un charco ruinoso. A mirar
el mundo plano y vertical. A mezclarme entre la gente y perder mi
identidad. Miedo a emborracharme y ser otra persona. Miedo a no emborracharme y
serlo igualmente. Miedo a escribir estas palabras y saber que una parte de mi
se quedó entre ellas. A la correosa entrada de saludos, a tener el adiós en tus labios para siempre inmóvil. A sangrar
nuevamente y cruzar la ciudad entre luces.
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