miércoles, 12 de julio de 2017

INSOMNIO Y ARTE

Unos viejos sonetos era todo cuanto conservaba de su pasado.

La luz de una vela le servía de abrigo, el aire pesaba, incapaz de mantenerse en pie, vacilando y tropezando entre la espesura de la noche.

Sólo la quietud de su escritorio le servía para permanecer despierto, las paredes tiritaban temiendo una mirada de reojo. 

Únicamente el crujir de la madera le otorgaba seguridad. Estaba absorto, sumido en sus más íntimos pensamientos.

Jugueteaba con un colgante, murmuraba palabras que perdían sentido, organizándolas en frases hasta diluirse entre susurros, como un cántico espiritual.

Llevaba más de seis horas obsesionado, se trataba de una bella melodía, un deseo, para él, era un lugar dónde la imaginación y la fantasía iban cogidas de                                                                                                                           la mano.


Un crepúsculo pintado en verso y junto a la marea del clásico “Erase una vez...” Un Edén compuesto por el insomnio y el arte.

Sus propias historias le habían engullido. Ya no existía regreso hasta la hora de poner punto final, su pluma inquieta mandaba, ejercía sobre él un poder sobrenatural, sólo entonces hablaría.

Escribir le servía de sosiego, era su vida, todas esas historias le valían para tapar sus miedos con la protección de un montón de recuerdos de abrazos y caricias. Libre ante sus ojos.  Trazos baratos y miserables.

Sólo tenía que cerrar los ojos, sostener su pluma entre los dedos y dejar que su mano se deslizara sobre el papel.
Esa pasión era su alimento, su amor, su aire, la magia de sus ojos, su presente, su fruto y su descanso, su voz, el tejido de un alma fugitiva.

Una fuerza invisible le ayudaba a trasnochar. Consejera, vengativa e imprevisible, todo podía ser; no se fiaba de ella, era tal la atracción que por ella sentía que rozaba lo obsesivo, aunque por extraño que parezca y él lo negara, la amaba. Aún cuando su propio sudor temblaba era incapaz de odiarla. Ella era lo absoluto, dispuesto a cualquier cosa. Desde aquel primer beso a la más reciente angustia.

Cuándo más apretaba la dura tristeza que atenazaba su estómago, con más ansia se acurrucaba en la nostalgia de aquella mirada dulce y soñadora. 

Se repetía una y otra vez “tu memoria es la mía, el  deseo es tu sonrisa, el miedo se cubre de dudas y el amor desnudo camina”

Hubiera sido totalmente feliz si ella hubiese  encontrado satisfacción en la paz que le ofrecía.

Toda una página en blanco le amenazaba; sabía que aquello que su imaginación proyectaba era irreal, algo extraño le empujaba, un aviso  persuasivo que creyó explicar como un instinto.

La desesperación por no poder escribir le llevó a la locura. Arrojó todos los papeles al suelo, el tintero se hizo añicos al estrellarse contra la pared, numerosas lágrimas de tinta negra llegaban hasta el suelo. 

Maldecía una y otra vez su escasa imaginación, ni musas, ni espíritus, ni fantasmas ni sombras.

Desesperado, nervioso y lleno de ira invocó a su único aliado; dispuesto estaba a vender su alma.

"Te convertiré en el autor de esta historia si me entregas tu pluma".  

Finalmente, alzó tembloroso el brazo y le ofreció la pluma. El Diablo la cogió y sonrió.

"Toma, con esta rosa te prometo que escribirás la historia que tanto  ansías".


Cogió delicadamente la rosa entre sus dedos y mojó la punta del tallo en la tinta.


Vio brotar una gota de sangre de la yema de su dedo, y se desplomó sobre la mesa.

Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta y un montón de hojas escritas de su puño y letra esparcidas por la mesa.

A los pocos días, la hermana del joven escritor descubrió unas hojas manuscritas. Se dispuso a leerlo. Cuando llegó al final  sus ojos se llenaron de lágrimas, respiraba de forma agitada y le temblaba el labio inferior. Alzó sus ojos enrojecidos y pensó que era la historia más triste que había conocido jamás.

“El brujo del monte oscuro y el rey de la daga blanca”

Había reinventado su vida, desnudado el alma. Aprendió a ser más que letras y a recrear sus días.

Un toque de poesía y la música de un juglar bastan para hacerlas grandes.







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