Unos viejos sonetos era
todo cuanto conservaba de su pasado.
La luz de una vela le
servía de abrigo, el aire pesaba, incapaz de mantenerse en pie, vacilando y
tropezando entre la espesura de la noche.
Sólo la quietud de su
escritorio le servía para permanecer despierto, las paredes tiritaban temiendo
una mirada de reojo.
Únicamente el crujir de la madera le otorgaba seguridad. Estaba absorto, sumido en sus más íntimos pensamientos.
Únicamente el crujir de la madera le otorgaba seguridad. Estaba absorto, sumido en sus más íntimos pensamientos.
Jugueteaba con un colgante,
murmuraba palabras que perdían sentido, organizándolas en frases hasta diluirse
entre susurros, como un cántico espiritual.
Llevaba más de seis horas
obsesionado, se trataba de una bella melodía, un deseo, para él, era un lugar
dónde la imaginación y la fantasía iban cogidas de la mano.
Un crepúsculo pintado en
verso y junto a la marea del clásico “Erase una vez...” Un Edén compuesto por
el insomnio y el arte.
Sus propias historias le
habían engullido. Ya no existía regreso hasta la hora de poner punto final, su pluma
inquieta mandaba, ejercía sobre él un poder sobrenatural, sólo entonces hablaría.
Escribir le servía de sosiego,
era su vida, todas esas historias le valían para tapar sus miedos con la
protección de un montón de recuerdos de abrazos y caricias. Libre ante sus
ojos. Trazos baratos y miserables.
Sólo tenía que cerrar los
ojos, sostener su pluma entre los dedos y dejar que su mano se deslizara sobre
el papel.
Esa pasión era su
alimento, su amor, su aire, la magia de sus ojos, su presente, su fruto y su
descanso, su voz, el tejido de un alma fugitiva.
Una fuerza invisible le
ayudaba a trasnochar. Consejera, vengativa e imprevisible, todo podía ser; no se
fiaba de ella, era tal la atracción que por ella sentía que rozaba lo obsesivo,
aunque por extraño que parezca y él lo negara, la amaba. Aún cuando su propio
sudor temblaba era incapaz de odiarla. Ella era lo absoluto, dispuesto a cualquier
cosa. Desde aquel primer beso a la más reciente angustia.
Cuándo más apretaba la
dura tristeza que atenazaba su estómago, con más ansia se acurrucaba en la
nostalgia de aquella mirada dulce y soñadora.
Se repetía una y otra vez “tu
memoria es la mía, el deseo es tu
sonrisa, el miedo se cubre de dudas y el amor desnudo camina”
Hubiera sido totalmente
feliz si ella hubiese encontrado
satisfacción en la paz que le ofrecía.
Toda una página en blanco le amenazaba; sabía que aquello que su imaginación proyectaba era irreal, algo extraño le empujaba, un aviso persuasivo que creyó explicar como un instinto.
La desesperación por no
poder escribir le llevó a la locura. Arrojó todos los papeles al suelo, el tintero
se hizo añicos al estrellarse contra la pared, numerosas lágrimas de tinta
negra llegaban hasta el suelo.
Maldecía una y otra vez su
escasa imaginación, ni musas, ni espíritus, ni fantasmas ni sombras.
Desesperado, nervioso y lleno
de ira invocó a su único aliado; dispuesto estaba a vender su alma.
"Te convertiré en el autor
de esta historia si me entregas tu pluma".
Finalmente, alzó tembloroso el
brazo y le ofreció la pluma. El Diablo la cogió y sonrió.
"Toma, con esta rosa te
prometo que escribirás la historia que tanto
ansías".
Cogió delicadamente la rosa
entre sus dedos y mojó la punta del tallo en la tinta.
Vio brotar una gota de sangre
de la yema de su dedo, y se desplomó sobre la mesa.
Tenía los ojos cerrados, la
boca entreabierta y un montón de hojas escritas de su puño y letra esparcidas
por la mesa.
A los pocos días, la
hermana del joven escritor descubrió unas hojas manuscritas. Se dispuso a
leerlo. Cuando llegó al final sus ojos se
llenaron de lágrimas, respiraba de forma agitada y le temblaba el labio
inferior. Alzó sus ojos enrojecidos y pensó que era la historia más triste que
había conocido jamás.
“El brujo del monte oscuro
y el rey de la daga blanca”
Había reinventado su vida, desnudado el alma.
Aprendió a ser más que letras y a recrear sus días.


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