Lo que pasó ese
día, quedará marcado para siempre, no solo por la cicatriz de mi brazo sino por
los horribles recuerdos de esa sensación de pánico infinito.
Lo único que sé
es que sigue escondido en las sombras esperando su próxima víctima.
Miré al cielo y vi las primeras nubes acercarse por el
horizonte, negras y cargadas de agua.
Se avecina una
tormenta. Pensé.
No me gustaba la
oscuridad, me provocaba un miedo insoportable.
Antes de caer en
sueño profundo, escuche los primeros truenos furioso de la noche, no le temía a
los truenos ni a las tormentas, en realidad me gustaban, las paredes de la habitación empezaron a agrietarse, humo oscuro y espeso. El humo cogía
forma, un hombre con capucha negra, pies largos con escamas y ojos amarillos. Al
mirar al hombre, me puse pálida de repente. Sacó un cuchillo con la punta
doblada, y escribió en la pared.
“Morirás
lentamente”
El ruido chirriante
de la hoja sobre la pared rompió el
silencio de la noche. Sudaba, fui al baño, necesitaba lavarme la cara, eso
calmaría un poco mis nervios. La puerta de mi habitación se cerró de un
portazo, el miedo me invadió. Llovía
La oscuridad predominaba
en la habitación, la puerta no se abría, pensé en gritar, pero de mi boca
apenas salían unos débiles gemidos. Sentí el sudor frió correr por mi frente, tenía miedo
pero aún no había entrado en pánico, por lo menos en ese momento.
De repente sentí
la respiración de algo o alguien detrás
de mí, mi corazón agitado iba a mil, no quería darme la vuelta, pero la curiosidad me obligó.
El hombre o lo
que fuese aquello alargó su brazo, garras
punzantes venían hacia mí y arañó mi piel,
largos y gruesos hilos de sangre salpicaron mi pijama de un color rojo oscuro. No dolía mucho, pero
ardía, sentía la sangre correr. Moriré desangrada, pensé.
Le miré a los
ojos, esos ojos no tenían expresión. Alargó el brazo de nuevo, intente esquivarlo,
me volvió a dar otro gañafón, cerca de la muñeca. Sentía como los tendones de
mi brazo se cortaban y mi piel se desgarraba para dar paso a la sangre y al
dolor. Quería huir, pero mis piernas no reaccionaban, estaba paralizada. Me
debilitaba cada vez más, otro ataque y moriría.
Esperaba que se
fuera pero no tuve suerte, levantó el brazo, cerré los ojos, sentí el ruido de un coche en la calle, las luces del coche iluminó
toda la habitación. Cuando abrí los ojos
el hombre ya no estaba, la luz lo había
espantado. Me podía mover, lo primero que hice fue gritar y romper en llanto,
sentí como la puerta sé abría. Vi el charco de sangre que había en el suelo.
Todo daba vuelta
alrededor mía, pensé que me moriría.
Pero el espacio /tiempo cambió de repente, todo estaba tranquilo, eran las cinco
de la madrugada.
Sucedió
demasiado rápido, primero miré mis manos ensangrentadas, no era un sueño, era real y físico. En ese momento sentí lo que
hasta ahora sólo he podido llamar como. Pánico infinito.
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