jueves, 1 de septiembre de 2016

EL DUEÑO DE LA VOZ




La voz, esa voz que se  repetía día tras día, a la misma hora, inundada de odio y  resentimiento, cruel  e incesante.

Los pasos se fueron volviendo menos hábiles con el transcurrir del tiempo, de los días, los meses, los años, siempre terminaba arrastrándose ante la puerta cerrada.

Aquí te traigo tu asquerosa cena, no te mereces mejor cosa, criatura sucia y miserable. La llave giraba, la puerta quedaba abierta el tiempo necesario para que algo fuese depositado sobre el escalón.

Que te aproveche, desgraciado, ojalá que de una vez te atragantes hasta morir, así descansaré en paz de una vez... La voz menguaba en intensidad conforme se iba distanciando de su lugar. Sin mayor demora se precipitó a gatas escaleras arriba hasta quedar ante la puerta de su calvario interminable.

Sobre el primer escalón había depositada una bandeja, con su triste contenido: un mendrugo de pan de hace dos días, un bol de leche caducada y un plátano maduro, su boca babeaba ante su cena, con hambre canina fue devorando todo en menos de dos minutos. Cuando todo quedó almacenado en su pequeño estómago, cogió la bandeja vacía y la lanzó lejos.

Los pasos se fueron acercando con lentitud ante la puerta. Sin duda había percibido el estrépito producido por la bandeja al chocar contra el frío suelo de hormigón. La voz le llegó colérica que retornó al refugio de las sombras.

¿Qué acabas de hacer, hijo de Satanás?  ¿me quieres estropear otra bandeja? ¿no sabes que cuesta dinero? maldito seas.

La llave giró en el hueco de la cerradura…

La luz de la linterna quedó proyectada sobre el primer tramo de escalones, no haces más que convertir mi existencia en un infierno,  como no te muestres enseguida, cuando de contigo vas a sufrir. Se volvió sobre sí mismo para asegurar el cierre de la puerta con la llave que siempre guardaba en uno de los bolsillos. Fue bajando las escaleras que conducían al interior del sótano enfocando los rincones a oscuras, tratando de dar con lo que estaba buscando.

Estuvo quieto y agazapado en su refugio, la oscuridad perpetua era su principal aliada, seguro que acabaría olvidándose de él y se marcharía, la voz se alejaría, la puerta se cerraría y él volvería a vivir su vida de cautiverio con el alivio de no haber recibido ningún tipo de castigo.

Por parte del dueño de la voz, simplemente seguía recibiendo sus reproches malsonantes, pero en esta ocasión le descubrió, se quedó ciego por la potencia de la luz que desprendía la linterna. La voz se alegró de haberle hallado, estaba escondido en la zona más recóndita del sótano, en un hueco entre la vieja caldera y un baúl de cuero podrido por la humedad.

 Así que aquí es dónde te escondías, hijo de perra, su respiración era entrecortada, jadeaba, rompió a toser.

Algo le decía que era el momento apropiado de hacerse respetar.  Eran tantos años viviendo encerrado en aquel sótano. Adelantó su mano derecha,  parecía una zarpa inhumana. La mano alcanzó el rostro, el dueño de la voz maldiciente era un ser tan debilitado por la edad, que terminó cayendo sobre su cuerpo.  No... ¿Qué haces desgraciado?

Las pilas duraron un tiempo hasta agotarse, y cuando esto sucedió, pudo sentirse tranquilo de nuevo, atrapado entre las sombras del sótano, su hogar de toda la vida.







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