La voz, esa voz que se repetía día tras día, a la misma hora, inundada de odio y resentimiento, cruel e incesante.
Los pasos se fueron volviendo menos hábiles con el transcurrir
del tiempo, de los días, los meses, los años, siempre terminaba arrastrándose
ante la puerta cerrada.
Aquí te traigo tu asquerosa cena, no te mereces mejor cosa,
criatura sucia y miserable. La llave giraba, la puerta quedaba abierta el tiempo
necesario para que algo fuese depositado sobre el escalón.
Que te aproveche, desgraciado, ojalá que de una vez te
atragantes hasta morir, así descansaré en paz de una vez... La voz menguaba en
intensidad conforme se iba distanciando de su lugar. Sin mayor demora se
precipitó a gatas escaleras arriba hasta quedar ante la puerta de su calvario
interminable.
Sobre el primer escalón había depositada una bandeja, con su
triste contenido: un mendrugo de pan de hace dos días, un bol de leche caducada
y un plátano maduro, su boca babeaba ante su cena, con hambre canina fue
devorando todo en menos de dos minutos. Cuando todo quedó almacenado en su
pequeño estómago, cogió la bandeja vacía y la lanzó lejos.
Los pasos se fueron acercando con lentitud ante la puerta.
Sin duda había percibido el estrépito producido por la bandeja al chocar contra
el frío suelo de hormigón. La voz le llegó colérica que retornó al refugio de
las sombras.
¿Qué acabas de hacer, hijo de Satanás? ¿me quieres estropear otra bandeja? ¿no sabes
que cuesta dinero? maldito seas.
La llave giró en el hueco de la cerradura…
La luz de la linterna quedó proyectada sobre el primer
tramo de escalones, no haces más que convertir mi existencia en un infierno, como no te muestres enseguida, cuando de
contigo vas a sufrir. Se volvió sobre sí mismo para asegurar el cierre de la
puerta con la llave que siempre guardaba en uno de los bolsillos. Fue bajando las
escaleras que conducían al interior del sótano enfocando los rincones a
oscuras, tratando de dar con lo que estaba buscando.
Estuvo quieto y agazapado en su refugio, la oscuridad
perpetua era su principal aliada, seguro que acabaría olvidándose de él y se marcharía, la voz se alejaría, la puerta se cerraría y él
volvería a vivir su vida de cautiverio con el alivio de no haber recibido
ningún tipo de castigo.
Por parte del dueño de la voz, simplemente seguía recibiendo
sus reproches malsonantes, pero en esta ocasión le descubrió, se quedó ciego
por la potencia de la luz que desprendía la linterna. La voz se alegró de
haberle hallado, estaba escondido en la zona más recóndita del sótano, en un
hueco entre la vieja caldera y un baúl de cuero podrido por la humedad.
Así que aquí es dónde
te escondías, hijo de perra, su respiración era entrecortada, jadeaba, rompió a
toser.
Algo le decía que era el momento apropiado de hacerse
respetar. Eran tantos años viviendo
encerrado en aquel sótano. Adelantó su mano derecha, parecía una zarpa
inhumana. La mano alcanzó el rostro, el dueño de la voz maldiciente era un ser
tan debilitado por la edad, que terminó cayendo sobre su cuerpo. No... ¿Qué haces desgraciado?
Las pilas duraron un tiempo hasta agotarse, y cuando esto
sucedió, pudo sentirse tranquilo de nuevo, atrapado entre las sombras del
sótano, su hogar de toda la vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario