sábado, 21 de diciembre de 2013

LUZ

 
 
Las luces de emergencia del coche aparcado en doble fila, iluminaba la habitación donde me encontraba, un segundo piso de un destartalado edificio de apartamentos.
 
Miré el reloj y me sorprendió la hora que marcaba. Era muy tarde. No tenía sueño, ya había dormido lo suficiente para dos vidas.
 
El color Ámbar que entraba por la ventana entreabierta, jugaba con las sombras que proyectaba la desnuda y solitaria bombilla que colgaba aburrida del techo de la habitación. El movimiento pendular de esa bombilla de 40 Vatios mecía mis pensamientos.
 
La silla donde me encontraba sentada tenía la misma pinta que yo, gastada y quejumbrosa por la insolencia de estar sentada en ella. Frente a mí, una mesa restaurada a modo de escritorio sujetaba mis manuscritos desechados. El lápiz,  abandonado en una esquina de la mesa cubierto por una fina película de polvo. En el centro, una libreta con la espiral de alambre descansaba abierta a la espera de unas palabras que la acariciasen. Una pluma con dos iniciales CC, hacían de salvaguarda de la  libreta.
 
Me serví un buen trago de cerveza  fría y dejé que la espuma se consumiera.
 
Hacía calor en la habitación. Me desprendí de toda mi ropa, y desnuda volví a sentarme en la vieja silla. Su quejido lastimero sonó en lo más profundo de mi mente.
 
Otro trago y el líquido arrastró demonios por mi cuerpo.
 
Acerqué la silla al escritorio, cogí el lápiz  y me dispuse a vomitar palabras en la libreta. Sólo fueron dos:

Estoy cansada,
 
La espuma de la cerveza casi había desaparecido. El coche de las luces intermitentes abandono la calle con un chirrido agudo. La bombilla ya no se mecía. Mi cuerpo exhumaba sudor frío.
.
Otro trago de cerveza barata.

Las débiles rasgaduras que hacía el lápiz sobre la hoja de papel mate, eran como susurros del mas allá.

Estoy cansada, me voy en busca de mi alma. La  perdí.
 
Se me escurrió el lápiz de las manos justo en el momento que mi pecho se hinchaba por última vez.
 
Un último latido que dejó sordos mis oídos y flácidos mis músculos. Mi cabeza cayó para atrás en equilibrio con la silla. Esta vez no se quejó.

Dicen que cuando mueres, cuando tu corazón deja de latir, tu cerebro sigue funcionando unos instantes después. Lo único que veía era la desnuda y aburrida bombilla de 40 Vatios que colgaba del techo.
 
 
 


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