Por cada víctima secada, por cada gota de sangre bebida, en una copa plateada las súplicas de esas tímidas víctimas me hicieron reír, y pensar si su vida fue efímera nunca tan larga como la mía.
Tanta sangre y tanta sed, tanta sed de lágrimas y esta sangre tan cálida que quema mis ganas de llorar.
Y vuelvo a llorar gotas carmesí que surcan la palidez marchita muriendo en mis rojos labios repletos de besos de muerte y sonrisas crueles.
El lazo de su regalo de vida que entregan sin saber donde les dejó a la deriva.
¿Tenían elección? ¿la tuve yo?
Alma condenada a mirar plateadas sombras nocturnas, rayos dorados me ciegan y arde mi blanca piel si lame el maldito astro mi rostro, surcado por regueros de roja vida que gritan salvajes palabras de odio.
Mirada despiadada, corazón de demonio la luz se fue, mis pasos los guía la sangre y no tiene alivio mi hambre.
Sigo vivo pero en muerte encerrado, para siempre, en ésta fría cáscara de eternidad donde hoy es siempre todavía.
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