Una mesa de madera repleta de papeles amarillentos y desordenados.
Un sillón de terciopelo rojo, polvoriento y ligeramente aceitoso.
Una leve neblina, casi imperceptible, inundaba el lugar.
Estanterías con libros viejos, muchos de ellos tirados en el suelo abiertos por la mitad.
Yo estaba allí, en mitad de aquella habitación, delante de la mesa, un silencio espeso, abrumador, agobiante, incómodo. Me dio la impresión de que el lugar fué abandonado por algún motivo que no alcanzo a comprender.
Abandonada y dejada a merced de fuerzas extrañas y despiadadas provenientes de algún rincón del cosmos, infierno o la propia tierra nunca antes conocidas.
Me acerqué a la puerta y giré el pomo redondo y lleno de una gruesa capa de óxido. Fuera del despacho encontré un pasillo inmneso y muy amplio, iluminado por una tenue luz cuya fuente de procedencia no conseguía encontrar.
Me aterraba el no saber que encontraría tras las innumerables esquinas.
No se trataba solo de un edificio abandonado, maltrecho, silencioso y muerto. Algo me decía que entre aquellos muros de ladrillos se escondía alguien.
Olía a humedad y orina.
A carnaza y entrañas.
.
Caminé y me alejé del umbral de la puerta del despacho, debía abandonar la sensanción de inseguridad que me brindaba aquella habitación y llegar al portón de madera para salir.
No me creeriais si os jurara y perjurara que me pareció ver brotar finísimos hilos de sangre de entre los ladrillos que conformaban los infinitos, y lúgubres muros que se extendián ante mi. Intenté ignorar este hecho, pues mi cordura peligraba y lo último que quería era perder los nervios y la sangre fría.
Al fondo de unos de los numerosos pasillos que cruzaban el corredor que me disponía a atravesar vi unas extrañas formas en la penunbra. Digo en la penumbra por que dichos pasillos solo estaban iluminados hasta cierta distancia; unos diez metros calculé.
No conseguía ver nada debido a la penumbra reinante, pero creo que tampoco necesitaba saber a ciencia cierta lo que allí se ocultaba.
Aceleré el paso ligeramente, pues sabía que si me echaba a correr enloquecería.
Cada vez que pasaba junto a un pasillo no podía evitar desviar la mirada hacia su interior, descubriendo más y más cuerpos despiezados, muertos, manufacturados por un carnicero desquiciado.
En el último pasillo, el mas cercano al portón, vi algo que me dejó helada. Algo que hizo que me arrepintiera mucho más de estar en ese lugar.
Oculto entre sombras, una silueta inmóvil me observaba. No conseguí distinguir las facciones de aquella persona encorvada y ataviada con un mandil mugriento. Empuñaba un machete, o eso me quiso parecer.
De lo que no cabía la menor duda era de que fuese quien fuese, no estaba muerto, y de hecho, podría asegurar que fue él el carnicero desquiciado del que antes hablaba. Un matarife surgido de aquel mundo de pesadilla onírico pero tan real.
Nos quedamos mirándonos un momento hasta que el carnicero dio un par de pasos hacia atrás y se perdió en la negrura del pasillo. Acto seguido empecé a escuchar un metálico sonido de cadenas o ganchos, no sabría decir, procedentes de aquella boca del lobo.
Me apresuré a abrir el enorme cerrojo del portón y empujar aquellas maderas reforzadas con barras de hierro.
Entonces me topé con el exterior, una visión tan aterradora que la que encontré tras los muros de aquella especie de factoría que acababa de abandonar.
Ante mí, un enorme páramo desértico con tierras de un color cobrizo, salpicado de matorrales muertos y secos.
Corría un silbante viento que formaba veloces fantasmas de polvo y estos pasaban delante mia. Tenía que cubrirme los ojos para que no me entrase arena.
El horizonte no dejaba ver montaña o colina alguna. Todo era una inmensa llanura sin vida, desolada y árida.
Un cielo rojo, manchado con nubarrones negros que cambiaban de forma rápidamente, como si reptaran de un lado a otro me hizo comprender que aquel lugar no era mi mundo.
¿Cómo había llegado hasta allí? no lo sé. No puedo saberlo, pero de lo que estaba segura era de que no tenía a donde ir. Aquel lugar pertenecía a otro plano.
Llorando desesperanzada caí de rodillas y comencé a oir unas voces en mi cabeza. Fruto de la locura quizás. Tampoco tenía una respuesta para aquel perturbador suceso. Algunas de esas voces y lamentos me eran familiares.
Escuché a un hombre llorar . Mi marido. Podía reconocerlo claramente. Mi amor...
¡Cariño! ¡Despierta... por favor, despierta! balbuceaba entre sollozos.
Otra voz desconocida para mí la interrumpió.
Lo siento, ha muerto.
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